La Rioja es el destino enoturístico por excelencia de España: viñedos ondulados, pueblos medievales y una concentración de bodegas históricas y de autor difícil de igualar. Esta es la guía para vivirla a fondo, desde Haro hasta la Rioja Alavesa.
Haro es la capital del vino riojano y su Barrio de la Estación es un caso único en el mundo: siete bodegas centenarias a pocos metros unas de otras, junto a la antigua estación de tren que en el siglo XIX conectó la Rioja con Europa. Sus grandes casas históricas permiten encadenar visitas a pie, bajar a sus calados y catar sin necesidad de coche.
Cada 29 de junio, Haro celebra la famosa Batalla del Vino, en la que miles de personas se empapan de tinto en los Riscos de Bilibio. El resto del año, el pueblo vive por y para el vino, con sus soportales, su plaza y una densidad de bodegas visitables difícil de encontrar en ningún otro lugar.


La D.O.Ca Rioja se divide en tres zonas con personalidad propia. La Rioja Alta —Haro, Briones, San Vicente de la Sonsierra, Fuenmayor— reúne los grandes clásicos y los tintos más finos y de guarda. La Rioja Alavesa deslumbra con bodegas de arquitectura firmada y pueblos amurallados como Laguardia, con su entramado de bodegas subterráneas medievales. La Rioja Oriental, más cálida y mediterránea, gana peso con la garnacha y ofrece precios más asequibles.
Pocos lugares concentran tanta arquitectura del vino. En apenas unos kilómetros de Rioja Alavesa puedes ver la ondulante Ciudad del Vino de Marqués de Riscal, obra de Frank Gehry, con hotel de lujo incluido, y el tejado alado de Ysios, de Santiago Calatrava. En Haro, López de Heredia luce un pabellón firmado por Zaha Hadid. Si te apasiona el diseño, la Rioja es un museo al aire libre donde cada bodega compite por sorprender, sin renunciar a grandes vinos.

El Rioja es el vino español más conocido dentro y fuera de nuestras fronteras, y su seña de identidad es el tempranillo, a menudo acompañado de garnacha, graciano y mazuelo. Su gran virtud es el equilibrio y la capacidad de envejecer: los clásicos crianza, reserva y gran reserva, con su paso por barrica y botella, desarrollan aromas de fruta madura, especias, cuero y vainilla que los hacen inconfundibles.
Junto a este estilo tradicional convive hoy una ola de vinos de pueblo, de viñedo singular y de parcela, más frescos y expresivos, que reivindican la diversidad de la denominación. También hay excelentes blancos de viura, cada vez más valorados. Catar en una misma visita un joven, un crianza y un reserva es la mejor lección para entender esta evolución.
La Rioja es mucho más que bodegas. Vale la pena visitar el Museo Vivanco de la Cultura del Vino en Briones, uno de los mejores del mundo, con una colección impresionante de objetos y arte en torno al vino, y la Villa Lucía de Laguardia, con su espectáculo sobre el vino. Merece perderse por los cascos históricos de Laguardia, Briones, San Vicente de la Sonsierra o Sajazarra, y bajar a los calados subterráneos medievales bajo Laguardia.
A un paso quedan los monasterios de San Millán de la Cogolla, cuna del castellano y Patrimonio de la Humanidad. La Rioja ha convertido el vino en cultura, y esa mezcla de patrimonio, paisaje y bodega es lo que hace tan especial la escapada.

La cocina es un plan en sí misma: verduras de la huerta del Ebro, patatas a la riojana, chuletillas al sarmiento y buen queso, todo regado con crianzas, reservas y grandes reservas. En Logroño, la calle Laurel y la calle San Juan son una sucesión de bares de pinchos donde cada local es famoso por una especialidad concreta, y hay que recorrerlas al menos una noche, acompañando cada pincho con un buen Rioja.
Según el tiempo que tengas, así puedes plantear la escapada:
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Se llega en coche por la AP-68; en tren o autobús hasta Logroño o Haro; y en avión al aeropuerto de Logroño-Agoncillo o, con más opciones, a Bilbao, a poco más de una hora. La mejor época es la vendimia —de mediados de septiembre a octubre, en torno a las fiestas de San Mateo—, la más vibrante, y la primavera, con el viñedo verde y menos afluencia.
Con un fin de semana abarcas lo esencial —Haro y Rioja Alavesa—; con tres o cuatro días puedes sumar el Museo Vivanco, bodegas familiares de la Sonsierra y San Millán de la Cogolla sin agobios. Reserva las visitas y los restaurantes con antelación, sobre todo en temporada alta, y designa conductor o combina tren y taxi para catar con tranquilidad. Explora y reserva las bodegas de La Rioja por zona, precio y tipo de experiencia.
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